jueves, 30 de enero de 2025

TALLULLAH: HACIA EL INFINITO NAUFRAGIO

TALLULLAH: HACIA EL INFINITO NAUFRAGIO


El nombre, dicen, es de origen cherokee. Significa algo así como «aguas tormentosas» o «aguas terribles», dicen. Según parece, no se lo pusieron atendiendo a su significado, sino porque se llamaba así su abuela, quien fue a su vez así bautizada por una localidad en el estado de Georgia llamada Tallullah Falls. En todo caso, es el nombre perfecto para ella. Aguas tormentosas. Y turbulentas.

Tallulah Bankhead vino al mundo en 1902 en Alabama ―como Zelda Fitzgerald, casi coetánea, amiga de la infancia―, en una decadente familia sureña que parece sacada de una novela de William Faulkner. Su madre murió poco después de nacer ella; su padre, destacado político, prefirió dejarla al cuidado de su abuela y su tía mientras él ahogaba sus penas en bourbon. Pero la niña resultó muy poco dócil.

Empezó muy tempranamente su carrera de actriz, y también se inició muy pronto en el sexo y en las adicciones. Tras haberse trasladado a Nueva York con su familia, debutó en Broadway a los quince años y empezó pronto a triunfar, en el teatro primero, donde destacó, entre otras cosas, por su voz tan ronca como sensual, y luego en el cine. Y eligió vivir intensamente, a su modo: «Mi padre me advirtió sobre los hombres y el alcohol, pero no me dijo nada sobre las mujeres y la cocaína». De todas formas, disfrutó tanto de aquello contra lo que su padre le había advertido como de aquello que el patriarca no había podido prever. Acuñó una curiosa palabra para referirse a sus preferencias sexuales: ambisextrous. Se le atribuyen amores ―pásmense― con Greta Garbo, Marlene Dietrich, Hattie McDaniel (la inolvidable Mammy de Lo que el viento se llevó), Mercedes de Acosta y Billie Holiday. Entre otros muchos nombres, de mujer y de varón.

Eran sonadas las fiestas en el Hotel Algonquin de Nueva York, donde se reunía con un grupo de artistas de vida bohemia, la Tabla Redonda del Algonquin, que no se caracterizaba por su morigeración ni sus costumbres recatadas. Aunque, como ella afirmaba, «la cocaína no crea adicción, y lo sé porque llevo muchos años tomándola».

Llevó una vida glamourosa y desordenada, en Nueva York primero, y luego en Inglaterra, adonde se trasladó en 1923 y donde tuvo un gran éxito como actriz. Conducía alocadamente su automóvil, un Bentley, por las calles de Londres y se perdía continuamente: paraba entonces un taxi para que la fuera guiando, y le pagaba, por supuesto, la carrera, además de una generosa propina. Se instaló en Hollywood en 1931 y continuó disfrutando opíparamente de todos los placeres que la vida le ofrecía. Era conocida por no tener pelos en la lengua, lo cual hacía las delicias de la prensa rosa: contaba, por ejemplo, a todo el que quisiera escucharla, que Gary Cooper le había contagiado la gonorrea. De hecho, en 1933 tuvo que ser, por causa de esta enfermedad, sometida a una histerectomía de urgencia, y cuando fue dada de alta tras la operación pesaba solo 32 kilos. «Pero, doctor, no se crea usted que me voy a tomar esto como una lección», dijo al despedirse.

Según parece, fue la primera opción de David O. Selznick para encarnar a Scarlett en Lo que el viento se llevó, lo cual no resulta sorprendente, dado su carácter fuerte y su ascendencia sureña. Por lo que sea, y por suerte para Vivien Leigh, la cosa no llegó a cuajar.

Fue una actriz muy valorada por sus contemporáneos, considerada entre las mejores. En el teatro más que en el cine, siguió cosechando éxitos, y continuó dando que hablar por su proverbial desinhibición. Lo contó todo, o casi todo, en su autobiografía, publicada en 1952. No se arrepentía de nada: «Si volviera a nacer cometería los mismos errores, solo que antes». Falleció en 1968, de una neumonía. Sus últimas palabras fueron «Codeína... bourbon». Genio y figura.

Dícese que fue la referencia de los estudios de Disney para crear a la deliciosa Cruella De Ville, una de las mejores malas de todos los tiempos. Le cuadra mucho una frase que no es suya, sino de Mae West, otra señora de armas tomar a la que también se le daba de maravilla escu(l)pir sentencias: «Cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mucho mejor». No doubt.



 EL HOMBRE SIN SOMBRA


Nacido el 30 de enero de 1781 en un castillo francés, el noble Louis Charles Adélaïde de Chamissot llegaría a convertirse, con el nombre de Adelbert von Chamisso, en uno de los autores más destacados de aquel maravilloso momento de la historia de la literatura que fue el Romanticismo alemán. Como Conrad y Nabokov, Chamisso es uno de esos escritores que alcanzan la excelencia literaria en una lengua de adopción, a la vez suya y ajena. De hecho, entre 1985 y 2017, se otorgó anualmente, coincidiendo con la Feria del Libro de Fráncfort, un galardón que llevaba su nombre e iba dirigido a autores que, no teniendo la lengua alemana como materna, la utilizaran como lengua literaria.

La causa del exilio de Chamisso fue la Revolución francesa, que su familia diera tumbos por toda Europa, hasta instalarse, cuando el joven tenía catorce años, en Berlín. En Prusia encontró acomodo como paje de la reina, y comenzó a escribir en alemán. Durante la guerra contra Napoleón, combatió a los franceses, y fue hecho prisionero en una ciudad de resonancias mágicas, Hamelín, que se rindió al emperador sin lucha tras la batalla de Jena.

Más adelante intentó instalarse de nuevo en Francia, pero, como él mismo asegura, nunca se había sentido tan alemán como cuando vivió en París. Ya por entonces había escrito su obra más conocida, la novela corta La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814).

Schlemihl, personaje con ciertos rasgos autobiográficos, es un joven que vende su sombra a un enigmático hombre de traje gris a cambio de un objeto mágico, el saco de Fortunato, que le proporciona una inagotable provisión de dinero. Inmediatamente después de hecho el trato, el pobre joven cae en la cuenta del error que ha cometido, pues no tener sombra lo convierte en un paria, y se ve obligado a mantener esta carencia en secreto.

Hay en esta novela corta una prefiguración de La metamorfosis de Kafka. La falta de sombra atormenta al protagonista, no solo porque entraña una total pérdida de reputación, sino porque él mismo siente una grave carencia existencial. El hombre del traje gris es, claro, el Diablo, un diablo tan insistente como un vendedor de enciclopedias o un testigo de Jehová, pero extremadamente burgués y correcto, que soporta con paciencia los exabruptos e incluso los golpes.

¿Puede la pérdida de la sombra relacionarse con la condición de exiliado de Chamisso? Tal vez. En cierto momento de la historia se hace referencia, sin nombrarla, a la figura del Judío Errante. Schlemihl está condenado a una fuga perpetua, ya que en el momento en que su secreto se descubre, recae en el desprecio y el odio de todos, y tiene que poner tierra de por medio. Cualquier intento de lograr la estabilidad y la felicidad se ve frustrado por el hecho de carecer de sombra. Algo al que el protagonista no da ninguna importancia en el momento de la venta, pero que es importantísimo para todos los personajes, ricos o pobres, con los que se cruza.

Admira en el cuento la introducción de elementos fantásticos en un contexto aproximadamente racional y cotidiano: además de los indicados, están las botas de siete leguas, merced a las cuales el protagonista puede viajar por todo el mundo y cultivar una de sus aficiones, la botánica. Es de notar que Chamisso fue también un gran naturalista, y participó como botánico en una expedición por todo el mundo que duró tres años (y esto fue después de haber publicado su relato sobre Schlemihl, como una anticipación del futuro). En 1821 publicó su diario de la expedición.

Thomas Mann admiraba profundamente este libro, y así lo hace saber en el epílogo que escribió para una edición de 1910 que suele figurar en las traducciones al castellano, que son numerosas y muchas con magníficas y muy disfrutables ilustraciones. También lo considera uno de los grandes poetas del Romanticismo alemán.

El pintor expresionista Ernst August Kirchner mostró en sus grabados para una edición de 1915 del libro una visión nada amable de esta historia, cuyo final (pero no diré nada más) nada tiene que ver con la felicidad de comer perdices. Son imágenes de un feísmo intenso, descarnado, que quizá nos hablan más del pintor que de la propia historia.EL HOMBRE SIN SOMBRA






EL SUEÑO DE SAN JOSÉ

 EL SUEÑO DE SAN JOSÉ

Georges de la Tour. El sueño de San José. Entre 1628 y 1645. Óleo sobre lienzo. 93 x 81 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes.


El evangelio de Mateo cuenta (Mt 1, 19-24) el sueño de José en que este es visitado por un ángel. El honrado patriarca acaba de desposarse con María y ha descubierto con sorpresa que ella está esperando un hijo. A pesar de todo, no quiere denunciar el adulterio; nos dice Mateo que "resolvió repudiarla en secreto". Es entonces cuando recibe, en sueños, la visita del ángel, que le insta a no recelar de María, "porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo".

Aquí lo vemos dormido, a la vez fuera y dentro del sueño, con la mano derecha apoyada en la mejilla y la izquierda sosteniendo un libro en el que probablemente ha estado buscando consejo sobre cómo actuar. Sus ojos están cerrados, pese a lo cual no nos cabe ninguna duda de que está, de forma misteriosa, en comunicación con el ángel. Este, un adolescente de sexo indefinido, recita, gesticula, explica. No hay ninguna majestad en su porte ni en su vestimenta: podría ser un niño cualquiera, un aldeano del siglo XVII dirigiéndose a su abuelo.

De la Tour es conocido por los violentos claroscuros de sus obras. Hay una fuente precisa de luz en el cuadro, la vela junto a la cual el santo ha estado leyendo hasta quedarse involuntariamente dormido. El ángel queda a contraluz, exceptuando su rostro, el dorso de una de sus manos y algunas telas de su vestido. No hay nada sobrenatural en la escena, que no puede ser más sencilla y, sin embargo, la magistral iluminación convierte la sencillez cotidiana en un misterioso acto de comunicación con lo divino. Se siente el roce de lo inefable, de lo que está más allá de la comprensión. Una luz que va directamente al corazón, sin necesidad de pasar por el entendimiento.



LAS FAMILIARES

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