jueves, 30 de enero de 2025

 EL HOMBRE SIN SOMBRA


Nacido el 30 de enero de 1781 en un castillo francés, el noble Louis Charles Adélaïde de Chamissot llegaría a convertirse, con el nombre de Adelbert von Chamisso, en uno de los autores más destacados de aquel maravilloso momento de la historia de la literatura que fue el Romanticismo alemán. Como Conrad y Nabokov, Chamisso es uno de esos escritores que alcanzan la excelencia literaria en una lengua de adopción, a la vez suya y ajena. De hecho, entre 1985 y 2017, se otorgó anualmente, coincidiendo con la Feria del Libro de Fráncfort, un galardón que llevaba su nombre e iba dirigido a autores que, no teniendo la lengua alemana como materna, la utilizaran como lengua literaria.

La causa del exilio de Chamisso fue la Revolución francesa, que su familia diera tumbos por toda Europa, hasta instalarse, cuando el joven tenía catorce años, en Berlín. En Prusia encontró acomodo como paje de la reina, y comenzó a escribir en alemán. Durante la guerra contra Napoleón, combatió a los franceses, y fue hecho prisionero en una ciudad de resonancias mágicas, Hamelín, que se rindió al emperador sin lucha tras la batalla de Jena.

Más adelante intentó instalarse de nuevo en Francia, pero, como él mismo asegura, nunca se había sentido tan alemán como cuando vivió en París. Ya por entonces había escrito su obra más conocida, la novela corta La maravillosa historia de Peter Schlemihl (1814).

Schlemihl, personaje con ciertos rasgos autobiográficos, es un joven que vende su sombra a un enigmático hombre de traje gris a cambio de un objeto mágico, el saco de Fortunato, que le proporciona una inagotable provisión de dinero. Inmediatamente después de hecho el trato, el pobre joven cae en la cuenta del error que ha cometido, pues no tener sombra lo convierte en un paria, y se ve obligado a mantener esta carencia en secreto.

Hay en esta novela corta una prefiguración de La metamorfosis de Kafka. La falta de sombra atormenta al protagonista, no solo porque entraña una total pérdida de reputación, sino porque él mismo siente una grave carencia existencial. El hombre del traje gris es, claro, el Diablo, un diablo tan insistente como un vendedor de enciclopedias o un testigo de Jehová, pero extremadamente burgués y correcto, que soporta con paciencia los exabruptos e incluso los golpes.

¿Puede la pérdida de la sombra relacionarse con la condición de exiliado de Chamisso? Tal vez. En cierto momento de la historia se hace referencia, sin nombrarla, a la figura del Judío Errante. Schlemihl está condenado a una fuga perpetua, ya que en el momento en que su secreto se descubre, recae en el desprecio y el odio de todos, y tiene que poner tierra de por medio. Cualquier intento de lograr la estabilidad y la felicidad se ve frustrado por el hecho de carecer de sombra. Algo al que el protagonista no da ninguna importancia en el momento de la venta, pero que es importantísimo para todos los personajes, ricos o pobres, con los que se cruza.

Admira en el cuento la introducción de elementos fantásticos en un contexto aproximadamente racional y cotidiano: además de los indicados, están las botas de siete leguas, merced a las cuales el protagonista puede viajar por todo el mundo y cultivar una de sus aficiones, la botánica. Es de notar que Chamisso fue también un gran naturalista, y participó como botánico en una expedición por todo el mundo que duró tres años (y esto fue después de haber publicado su relato sobre Schlemihl, como una anticipación del futuro). En 1821 publicó su diario de la expedición.

Thomas Mann admiraba profundamente este libro, y así lo hace saber en el epílogo que escribió para una edición de 1910 que suele figurar en las traducciones al castellano, que son numerosas y muchas con magníficas y muy disfrutables ilustraciones. También lo considera uno de los grandes poetas del Romanticismo alemán.

El pintor expresionista Ernst August Kirchner mostró en sus grabados para una edición de 1915 del libro una visión nada amable de esta historia, cuyo final (pero no diré nada más) nada tiene que ver con la felicidad de comer perdices. Son imágenes de un feísmo intenso, descarnado, que quizá nos hablan más del pintor que de la propia historia.EL HOMBRE SIN SOMBRA






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